A letter: Honoring the love for oneself

“Caring for myself is not self-indulgence. It is self-preservation and that is an act of political warfare.” – Audre Lorde, 1988

I consider myself the daughter of immigrants.

My mother: the fruit of immigration by generations past, but who keeps the same beautiful brown skin, name, language and traditions that, in the United States, often define her as “other”, sometimes mistake her as “Mexican”, and always gift her the name “Mexican-American”.

This is the part of my identity I call on the most, especially in my work with families searching for missing loved ones on the border. I use the language, mannerisms, and norms of my cultural heritage. But it is only half of my immigrant past.

My father came to the United States when he was only 19-years-old. Growing up in the middle of a large family in a small town in Lebanon, he will recount stories to you of studying for exams by candlelight when the national electricity outages would roll through, stories of embodying the hopes and dreams of his working class family, stories of violent civil war and of poverty, stories of the wrong turns he almost took and, despite his own hard work and the hard work of his father — my jiddo —  the pure blessing of chance that gave him the opportunity few others had to emigrate to study at university in the United States.

Often times, I feel like my father’s story is so very distant from the work I do in immigration activism. In many ways, it is. Though his journey was not easy, it was distinct from that of thousands of people who clandestinely cross borders.

Among the threads that connect them, however, is the beautiful courage to believe so fiercely and foolishly in oneself and in the deep love one has for others that you leave everything you know in search of a future that is by no means guaranteed and will undoubtedly require continued, often excruciating sacrifice.

To fight for oneself requires a special kind of tenacity that is not as frequently glorified as the kind of tenacity inherent in self sacrifice. Particularly, when it comes to migration.

It is true: the choice to migrate is very rarely an individual-level decision, nor is it made with only oneself in mind. My father dared to imagine he could succeed in a country that spoke an unfamiliar language, practiced unfamiliar customs, and was located more than 7,000 miles away from his home. Without having any empirical reason to do so, he believed in himself.

However, to this day, he will tell you the reason he chose to leave was to create a future that would enable him to provide for his family back home — his parents, sister, brothers, nieces and nephews. Like thousands of others, he had painful conversations with his family where they chose to separate from one another in the hope that something better was possible. Like so many other migrants, he left with his heart full of the love he had for others and that others had for him.

The family-centered stories are important, truthful, and beautiful. Yet, it is the love migrants have for themselves that I find crucial to talk about in today’s world, one where migrants are dehumanized, criminalized, and homogenized to be either victims or villains.

In a global community where every dominant narrative tells the migrant that they are dispensable, unimportant, or simple, believing in oneself and loving oneself enough to act on that belief is a radical act of resistance.

When we chose to focus on the phrase migrar es amar — to migrate is to love — we had in mind both the love of family and the love of self because we recognize the beauty, fierceness, and resistance inherent in them both. To respect and honor migration is to see all parts of this story.

Sincerely,
Reyna Araibi

UNA CARTA: HONRANDO EL AMOR PROPIO

“Cuidarme a mí mismo no es autoindulgencia. Es la autopreservación y es un acto de guerra política.” – Audre Lorde, 1988

Yo me considero la hija de inmigrantes.

Mi madre: el fruto de la inmigración de generaciones pasadas, pero que conserva la misma hermosa piel morena, nombre, idioma y tradiciones que, en los Estados Unidos, a menudo la definen como “otra”, a veces la confunden como “Mexicana”, y siempre le da el nombre “Mexicana-Americana”.

Esta es la parte de mi identidad que más uso, especialmente en mi trabajo con familias que buscan a seres queridos desaparecidos en la frontera. Uso el lenguaje, los gestos y las normas de mi herencia cultural. Pero es solo la mitad de mi pasado de inmigrante.

Mi papá vino a los Estados Unidos cuando solo tenía 19 años. Al crecer en medio de una gran familia en un pequeño pueblo del Líbano, él te contará historias de estudiar para los exámenes a la luz de las velas cuando llegaban los cortes de electricidad, historias sobre cómo representaba las esperanzas y los sueños de su familia de clase obrera, historias de violentas guerras civiles y de pobreza, historias de los giros equivocados que casi tomó y, a pesar de tanto trabajo que hizo él y su padre mi abuelo la bendición pura del azar que le dio la oportunidad que pocos otros tuvieron que emigrar para estudiar en la universidad en los Estados Unidos.

Muchas veces, siento que la historia de mi papá es muy distante del trabajo que hago en el activismo de inmigración. Lo es, en muchos aspectos. Aunque su experiencia no fue fácil, fue distinta de la de miles de personas que cruzan clandestinamente las fronteras.

Entre los hilos que los conectan, sin embargo, está el hermoso coraje para creer tan ferozmente e ingenuamente en uno mismo y en el profundo amor que uno tiene por los demás que dejas todo lo que conoces en busca de un futuro que de ninguna manera está garantizado y sin duda requerirá sacrificio continuo y a veces insoportable.

Luchar por uno mismo requiere un tipo especial de tenacidad que no se glorifica tan frecuente como el tipo de tenacidad inherente al sacrificio de uno mismo. Particularmente, cuando se trata de migración.

Es cierto: la decisión de migrar es muy pocas veces una decisión a nivel individual, y no se toma teniendo en cuenta solo a uno mismo. Mi padre se atrevió a imaginar que podría tener éxito en un país que hablaba un idioma desconocido, practicaba costumbres desconocidas y estaba ubicado a más de 7,000 millas de su hogar. Sin tener ninguna razón empírica para hacerlo, él creía en sí mismo.

Sin embargo, hasta el día de hoy, él te dirá que la razón por la que eligió irse era crear un futuro que le permitiera mantener a su familia: sus padres, hermanas, hermanos, sobrinas y sobrinos. Al igual que miles de personas, tuvo  conversaciones dolorosas con su familia en las que eligieron separarse el uno del otro con la esperanza de que algo mejor fuera posible. Como tantos otros inmigrantes, se fue con el corazón lleno del amor que tenía por los demás y que otros tenían para él.

Las historias centradas en la familia son importantes, veraces y bellas. Sin embargo, es el amor que los migrantes tienen por sí mismos del que encuentro crucial hablar en el mundo de hoy, uno donde los migrantes son deshumanizados, criminalizados y homogeneizados para ser o víctimas o villanos.

En una comunidad global donde cada narración dominante le dice al migrante que son prescindibles, sin importancia o simples, creer en uno mismo y amarse lo suficiente como para actuar en esa creencia es un acto radical de resistencia.

Cuando elegimos centrarnos en la frase migrar es amar teníamos en mente tanto el amor de la familia como el amor propio porque reconocemos la belleza, la ferocidad y la resistencia inherentes a ambos. Respetar y honrar la migración es ver todas las partes de esta historia.

Sinceramente,
Reyna Araibi

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