A letter: I see my family in the people I work with. I hear the same voices.

My name is Arturo Magaña. I recently joined the Colibrí Center for Human Rights as the Missing Migrant Project Associate. I spend work days speaking with people who lost someone crossing the U.S.-Mexico border.

When I arrive in the morning to work, I plug in my laptop and go through the inquiries we received the evening before. I take down messages from people in El Salvador, Honduras, México, Guatemala, the United States, and elsewhere. These people have lost brothers, mothers, fathers, in the Sonoran Desert.

This day, a woman tells me her story. Her son, Francisco, is missing. The last time they spoke, he called her from Nogales, Sonora, just south of the border. She is from Jalisco, México. She tells me, “My son’s birthday is June 18, 1998. He has light brown skin. He is left handed. He likes to tell jokes. When he walks down the sidewalk, he doesn’t stand up straight. You can tell it’s him by the way he walks. He snaps his fingers. He’s always moving. Nunca está quieto. He likes to stand in front of the hallway mirror and watch himself practice his soccer.”

As I hang up the phone, I think to myself, this woman’s son is from the same streets my grandparents were from.

I record Francisco’s details in our database. As the day goes on, I listen to other stories. Other families. Lost people. People’s worries. But the woman from Jalisco sticks in my mind. She told me, “I remember the way my Panchito would buy me little gifts when I knew he had no money.”

I take my lunch and sit down, thinking about things in life behind and before me.

I think about the change in my pockets. My wallet: a few bucks and a prayer card my grandmother gave me. I feel the weight of the woman’s words on my shoulders. Sweat gathers on my brow and under my arms.

An old fisherman once told me that the stench of history hangs about all of us. I sit there thinking, perhaps, there are cycles in history. But, you know, there are always the same human wants and needs. Human needs remain the same throughout all history. People need to eat. A person must find love and that love must fulfill them. People need a roof over their heads to cover them from the wind and the rains. Mothers and fathers need to provide a future for their children. People must carry in their chests some sort of hope. Hope of a better reality. Hope of a better job, one that makes a person proud to stand in front of their family. People need to lie in their beds at night and sleep deep sleep, undaunted by the uncertainty that awaits their children tomorrow.

The truth is, I know so very little, but one of the things I do know is that people need to move to different places to get ahead in life. I think about students moving to university. Or parents moving to a neighborhood where there are better schools. The campesinos move with the harvest seasons of Arizona and California. I believe that to migrate is an act of love, because people always migrate with the worries and hopes of others in mind. People migrate to help others, and helping others comes from love.

The other day someone asked me, why I do the work I do? This is a difficult question for me to answer. I think one reason is because my parents gave me an example, an idea of life to work towards. I think I have been brought to this work, because my family has always been a working-class family. My grandfather fished in the Sea of Cortez. My grandmother worked in a vegetable packing plant. My father and uncles worked in the fields.

I see my family in the people I work with. I hear the same voices, and I want to do something for them, because it is just simple rightness.  

Una carta: “Veo a mi familia en las personas con las que trabajo. Escucho las mismas voces.”

Mi nombre es Arturo Magaña. Recientemente empecé a trabajar en el Centro Colibrí de Derechos Humanos como Asociado del Proyecto de Migrantes Desaparecidos. Paso mis días de trabajo hablando con personas que perdieron a alguien al cruzar la frontera entre México y los Estados Unidos.

Cuando llego en la mañana a trabajar, enchufo mi computadora y reviso los mensajes que recibimos en la noche. Tomo mensajes de personas en El Salvador, Honduras, México, Guatemala, y los Estados Unidos entre otros lugares. Estas personas han perdido a sus hermanos, madres y padres en el desierto de Sonora.

Este día, una mujer me cuenta su historia. Su hijo, Francisco, está desaparecido. La última vez que hablaron, él la llamó desde Nogales, Sonora, justo al sur de la frontera. Ella es de Jalisco, México. Me dice: “El cumpleaños de mi hijo es el 18 de junio de 1998. Él tiene la piel marrón clara. Él es zurdo. A él le gusta contar chistes. Cuando camina por la calle, no se para. Puedes saber que es él por la forma en que camina. Él chasquea los dedos. Siempre se está moviendo. Nunca está quieto. Le gusta pararse frente al espejo del pasillo y verse practicar su fútbol.”

Mientras cuelgo el teléfono, pienso que el hijo de esta mujer es de las mismas calles de donde eran mis abuelos.

Escribo los detalles de Francisco en nuestra base de datos. Mientras transcurre el día, escucho otras historias. Otras familias. Personas desaparecidas. Las preocupaciones de la gente. Pero la mujer de Jalisco se queda en mi mente. Ella me dijo: “Recuerdo la forma en que mi Panchito me compraría cositas cuando sabía que no tenía dinero”.

Llevo mi almuerzo y me siento, pensando en las cosas de la vida detrás y delante de mí.

Pienso en el cambio que está en mis bolsillos. Mi billetera: unos pocos dólares y una tarjeta de oración que mi abuela me dio. Siento el peso de las palabras de la mujer sobre mis hombros. El sudor se acumula en mi frente y en mis axilas.

Un viejo pescador me dijo una vez que el hedor de la historia pende de todos nosotros. Me siento allí pensando, quizás, que hay ciclos en la historia. Pero, ya sabes, siempre hay los mismos deseos y necesidades humanas. Las necesidades humanas siguen siendo las mismas a lo largo de toda la historia. La gente necesita comer. Una persona debe encontrar el amor y ese amor debe llenarle. La gente necesita un techo sobre sus cabezas para cubrirlos del viento y las lluvias. Las madres y los padres deben dar un futuro a sus hijos. La gente debe llevar en sus pechos algún tipo de esperanza. Esperanza de una mejor realidad, de tener un trabajo mejor, uno que haga que una persona se sienta orgullosa de estar frente a su familia. Las personas necesitan acostarse en sus camas en la noche y dormir profundamente, impávidos por la incertidumbre de qué les espera a sus hijos mañana.

La verdad es que sé muy poco, pero una de las cosas que sí sé es que la gente necesita mudarse a diferentes lugares para salir adelante en la vida. Pienso en los estudiantes que se mudan a la universidad. O padres que se mudan a un vecindario donde hay mejores escuelas. Los campesinos se mueven con las temporadas de cosecha de Arizona y California. Creo que migrar es un acto de amor porque las personas siempre migran teniendo en cuenta las preocupaciones y las esperanzas de los demás. Las personas migran para ayudar a los demás y ayudar a los demás proviene del amor.

El otro día alguien me preguntó, ¿por qué hago el trabajo que hago? Esta es una pregunta difícil de responder. Creo que una razón es porque mis padres me dieron un ejemplo, una idea de la vida para tratar de realizar. Creo que me han traído a este trabajo, porque mi familia siempre ha sido una familia de clase obrera. Mi abuelo pescaba en el Mar de Cortés. Mi abuela trabajaba en una planta empacadora de vegetales. Mi padre y mis tíos trabajaban en el campo.

Veo a mi familia en las personas con las que trabajo. Escucho las mismas voces y quiero hacer algo por ellos, porque es simple, es lo correcto.

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