A letter: Reflections and hope for a better future

(Español abajo) 

His name was Mario. He sat on a stool under fluorescent lights, his feet just short of reaching the stage below. A deep sigh, a pause: this was still new for him, being watched. His eyes cast outward to the group assembled in front of him. Mustering strength, he whispered, “I’ve come to believe that to live in Latin America is to experience disappearance.”

Six months earlier, Mario’s son César had gone missing, one of 43 student-teachers who were forcibly disappeared after protests in Ayotzinapa, Mexico. There was no explanation, no support for the families, so Mario and three other relatives of the missing organized a solidarity caravan through South America in the hopes of pressuring the Mexican government to ensure that justice was met and their children found. He worried that he would never be able to return to Mexico, but his love for his son compelled him to journey onwards. If the price of finding his son was never returning home, he said, then so be it.

His words, shared at a gathering at the University of Buenos Aires in 2015, shook me to the core. They also resonated deeply with an Argentine audience, almost all of whom were students César’s age. They had grown up with stories of the 30,000 desaparecidos, people sequestered and killed during Argentina’s military dictatorship, one of a constellation of violent regimes across Latin America in the twentieth century. Like Mario’s, their lives were also marked by other lives taken prematurely and unjustly. “Nosotros, como ustedes,” Mario shared, “tenemos desaparecidos.”

Today we face another crisis of disappearance along the border between the United States and Mexico. It’s distinct, one characterized in part by direct violence within one country and in part by dangers that span two or more. But the pain of a missing loved one connects today’s struggle to those of generations past. Colibri’s database contains records for over 2,500 missing migrants last seen crossing the border: brothers, sisters, friends, coworkers, classmates, parents, grandchildren, neighbors. These are people who loved and who are loved in return, whose lives are still intricately woven into the fabric of their home communities and whose absence leaves a void made emptier still by the burden of the unknown.

This month, we at Colibrí are reflecting on the idea that migration is an act of love. And just as love compels people to cross borders, so too does it motivate others to search for answers when those people go missing. As the Family Network Coordinator at Colibrí, I speak almost every day with heartbroken families searching for relatives and friends, families whose resilience — despite the most formidable odds and the direst circumstances — never ceases to humble me. A cousin who’s contacted every conceivable agency in the hopes that someone might know something about their beloved Julio. An undocumented woman from El Salvador living in the United States, who risked deportation and traveled to Texas to look for her son along the Rio Grande. A sister who, between silences, wishes she’d never let her brother leave their hometown in central Mexico: “All he wanted was to make us happy, to build us a house to live in. And now he’s gone.”

Our work every day at Colibrí is to correct that disappearance — if not with reappearance, then with answers and with sanctuary. In the long run, we hope to create a new narrative of migration and a new reality for border policy, bounded by love and the recognition of each person’s humanity.

Immigration policies fueled by hate and exclusion cause suffering, disappearance, and death. It’s time for this to end; it’s time that disappearance disappeared from the Americas. And it’s time that love — the same love that lights up a mother’s eyes when she remembers her son — filled in its place.

This holiday season, we hope you’ll join us in building sanctuary and compassion along the border.

Sincerely,
Ben Clark

Se llamaba Mario. Sentaba sobre una silla bajo luces fluorescentes, y sus pies casi alcanzaban el escenario abajo. Un suspiro profundo y una pausa: todavía era nuevo para él, estar enfrente de una audiencia así. Sus ojos miraban hacia el grupo congregado. Reuniendo fuerzas, siguió a susurrar: “Y ahora creo que vivir en América Latina es conocer la desaparición.”

Seis meses antes, el hijo de Mario, César, había desaparecido, uno de los 43 estudiantes-maestros quienes fueron desaparecidos por el estado mexicano después de protestas en Ayotzinapa, un pueblo en el estado de Guerrero. No hubo explicación ni apoyo a los familiares, entonces con tres otros familiares de estudiantes desaparecidos Mario armó una caravana por Sudamérica. Esperaron crecer una red de solidaridad que hiciera que el gobierno mexicano impusiera la justicia y que sus hijos fueran encontrados. Él se preocupó de que no pudiera volver a México, pero su amor por su hijo le hizo seguir en su camino. Si tuvo que irse de su pueblo para siempre para encontrar a César, dijo él, pues, así fue.

Sus palabras que compartió en una reunión en la Universidad de Buenos Aires en 2015 me tocaron de manera muy fuerte, pero no sólo a mí: también resonaron profundamente con la audiencia argentina, casi todos estudiantes de la misma edad que César. Ellos se crecieron escuchando historias de los 30.000 desaparecidos secuestrados y muertos por la dictadura militar en los años 70 y 80, uno entre varios regímenes violentos por toda América Latina en el siglo XX. Como el caso de Mario, sus vidas fueron afectadas por otras vidas, vidas que se acabaron antes de tiempo e injustamente. “Nosotros, como ustedes,” dijo Mario, “tenemos desaparecidos.”

Hoy afrontamos otra crisis de desaparición en la frontera entre los Estados Unidos y México. Es una crisis distinta, caracterizada no por violencia dentro de un país sino la violencia entre dos o más. Sin embargo, el dolor de un ser querido desaparecido persiste y destaca las conexiones entre las luchas del día de hoy y las de generaciones pasadas. La base de datos de Colibrí consiste en más de 2.500 registros de migrantes desaparecidos al cruzar la frontera: hermanos, hermanas, amigos, colegas, compañeros de clase, padres, abuelos, vecinos. Son personas que amaban y que los demás aman de vuelta, cuyos espíritus están todavía tejidos en las historias de sus pueblos, y cuyas ausencias dejan vacíos aún más dolorosos por el peso de lo desconocido.

Este mes, nosotros aquí en Colibrí estamos reflexionando sobre la idea de que la migración es un acto y una práctica de amor. Y como el amor hace que unos crucen fronteras, también conduce a los demás a buscar respuestas cuando ellos desaparecen. Como Coordinador de la Red de Familiares de Colibrí, hablo casi todos los días con familias afligidas en busca de sus familiares o amigos. Su determinación, su resiliencia — a pesar de circunstancias tan complicadas — siempre me llena de admiración y respeto. Un primo que ha contactado a cada agencia posible con la esperanza de que alguien quizás sepa algo sobre su querido Julio. Una mujer salvadoreña sin papeles viviendo en los Estados Unidos que, a pesar del peligro de la deportación, viajó a Texas para buscar a su hijo alrededor del Río Grande. Una hermana que, entre pausas y silencios, espera que nunca hubiera dejado que su hermano se fuera de su pueblo en México: “Él sólo quería que fuéramos felices, que tuviéramos una casa linda donde vivir. Y ahora no está.”

Cada día, nosotros en Colibrí trabajamos para enmendar esa desaparición — si no con la reaparición, pues con respuestas y santuario. Soñamos de y luchamos por una nueva narrativa de la migración y una nueva política de la inmigración que respete la humanidad de cada persona y el amor que les rodea.

Las políticas de la inmigración basadas en el odio y la exclusión causan sufrimiento, desaparición, y muerte. Ya es hora de que esto termine; ya es hora de que la desaparición desaparezca de las Américas. Y ya es la hora de que el amor — el mismo amor que ilumina los ojos de una madre cuando piensa en su hijo — la reemplace.

En esta época del año, cuando pasamos tiempo en familia, esperamos que se nos unan a ayudar a personas en busca de un ser querido. Esperamos que se nos unan a construir santuario y compasión a lo largo la frontera.

Sinceramente,
Ben Clark

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